sábado, 26 de septiembre de 2009

Bastardos y malditos





Si nos sentamos frente a la pantalla sin ninguna referencia previa de la última película de Quentin Tarantino, "Malditos Bastardos", pensaremos que se trata de un western a la vieja usanza. Aunque durante el metraje haya ciertos ramalazos, como lo había en otras cintas tarantinas, como Kill Bill vol1 y vol2, éste no es el quid de la cuestión.

"Malditos Bastardos" cuenta la aventura de un pequeño grupo de soldados aliados de origen judío que tienen como meta enfrentarse a los nazis en la Francia ocupada de 1944. Sin prisioneros, sin objetivos concretos. Sólo matar nazis y cortarles la cabellera. La misión cambia cuando la legión propagandística nazi concerta el estreno de un film al que acudiría la plana mayor del Alto Mando. Todo desembocará en un final inesperado aunque tal vez deseado por todos.

Quiere ser entretenida pero no pasa por ser una pesadez. Sobre todo porque el director ya no sorprende en esos interminables diálogos de taberna tan asiduos en otras obras como Reservoir Dogs, Pulp Fiction o Death Proof. No sorprende y no divierte, y si no divierte aburre, y cuando alguien se aburre pierde el hilo. Destaca, como ya es costumbre en el de Knoxville, la cultura pop y el estilismo gráfico a lo largo de la película. Sabemos que Quentin está detrás, sentado en la silla de director por la caligrafía superpuesta en pantalla, la fragmentación en capítulos de la trama, el complemento de la banda sonora, la presentación de los personajes, su sentido del humor y la inagotable retórica de Aldo Raine (Brad Pitt) y Hans Landa (Christoph Watlz). Otro detalle que llama la atención es la referencia al cine clásico, a la visión de Chaplin sobre el mundo nazi, y lo más curioso, el reconocimiento alemán de ese mismo aspecto, señalado en esta cinta en Daniel Brühl, que interpreta a un soldado que llega a ser actor gracias a sus actos de guerra y la excentricidad del director de orquesta alemán, Joseph Goebbles.

Extraordinario trabajo artístico del actor austríaco Christoph Waltz, verdadero protagonista y conductor de la historia, a pesar de la presencia mediática de Brad Pitt su exagerado afán de hacer muecas y sus ganas de aparecer en la postal junto a Tarantino. El resto, mediocre. Sólo se salva Til Schweiger.

Sangrienta y grotesca. Desde luego no se trata de la mejor de Tarantino, sólo una más, quizás para hinchar algunas carteras. De todos modos, pasen y vean, ahora mismo no hay otra cosa mejor, ni peor.

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