martes, 18 de mayo de 2010

Siempre hay tiempo



Hablan los científicos sociales que la familia es la institución social más universal, y a pesar de ser un término común, todavía no acertamos en concretar un modelo preciso de dicho concepto. Quizás porque no exista, y menos hoy en día. Lo que sí podemos acotar es la función o las funciones de la familia. George Murdock enumeraba cuatro desempeños de la familia: función sexual, procreación, socialización y cooperación económica. Alguna de ellas puede que resulte de un pensamiento añejo pero acierta en la más importante, la socialización de los individuos. Esto es la integración y la formación entre sujetos, que están estrechamente ligadas con la comunicación. Podemos concluir que la comunicación se antoja fundamental en la familia. Y precisamente, la comunicación o, mejor dicho, la incomunicación es el eje central de “Siempre hay tiempo (Héctor y Bruno)”, la ópera prima de la sevillana Ana Rosa Diego.



El largometraje cuenta como Héctor (Txema Blasco) se ve obligado a abandonar su tierra, su casa y su negocio en el norte del país por la construcción de una autovía. Agobiado por la idea de terminar en una residencia para mayores, decide viajar al sur para encontrarse con su única familia; su hijo Pedro (Sergi Calleja), la mujer de éste, Laura (Maite Sandoval), y su nieto Bruno (Edu Bulnes), a los que no ve desde hace años. En su estancia intenta salvar la relación tensa y distante con su hijo y relacionarse con su nieto. Además, conocerá a Clara (Montserrat Carulla) con la que descubrirá un sentimiento olvidado y callado por el tiempo, el amor; y a Luis (Fermí Reixach), un abuelo golondrina que, como Héctor, atraviesa el país para estar con sus hijos.

Ana Rosa Diego y todo el equipo de guionistas (Encarni Iglesias, Teresa Vilardell, Miguel Casamayor y Jesús Ponce) elaboran una historia en la que subyacen diferentes temas que ya hemos visto en numerosas ocasiones a lo largo de toda la historia del cine español. Por ejemplo, la rígida relación entre progenitor e hijo la recordamos de “Vete de mí” de Víctor García León, las relaciones entre la familia en la reciente “La isla interior” de Dunia Ayaso y Félix Sabroso o “Familia” de Fernando León de Aranoa, o el amor entre mayores en “Elsa y Fred” de Marcos Carnevale. Y no es baladí este recurrente acercamiento a estos temas y el entorno social en el que nos encontramos, un entorno que va cambiando continuamente. De ahí que el cine español se acerque a la sociedad de esa manera.

“Siempre hay tiempo (Héctor y Bruno)” habla de incomunicación, del alejamiento de la familia, del amor y de las relaciones personales. Pero también trata el progreso, la diferente forma de ser del norte y el sur, la pérdida de valores de los más jóvenes, la actitud ante la vida de los más mayores, el aislamiento de los jóvenes o el acoso escolar. Son muchos hilos para una historia tan sencilla y esa quizás sea su peor virtud. La inconsistencia de un guión poco compacto que navega sin rumbo, perdido en una serie de personajes que no tienen fuerza en pantalla salvo en dos casos. Y es que la única energía de la película es la que inspira la relación entre Héctor y Bruno, abuelo y nieto. Y es que para el protagonista de esta historia, Héctor, su nieto significa una segunda oportunidad tras fracasar como padre con su hijo. En otro lado se sitúa la relación con Clara, que por muy alegre y optimista que sea, no logra sostener la película.



Un guión tan esquemático es fruto de una reducción sintetizada, de hecho, en principio, la historia iba a significar un doble film para televisión finalmente descartado por presupuesto; y por el trabajo de demasiados guionistas que han metido mano en un producto cuyo resultado final es endeble. Ese ejercicio de síntesis acaba con elementos que se intuían fascinantes, como es la relación entre Laura y Pedro, la de Héctor con los amigos del barrio, o con Luis, personaje de gran fuerza que acaba cercenado por requerimientos obligados de fuerza mayor en el cine como es la duración de la película. Todo un desatino.

Un matiz metafórico que se percibe y que puede resumir la historia es que el personaje protagonista abandona su hogar por la construcción de una autovía, un signo evidente de progreso y bandera de la comunicación de un país. Ese mismo elemento es el que le traslada, otro concepto relacionado con la infraestructura, a su familia tan distante geográficamente como sentimentalmente. El objetivo final es la comunicación, recuperar la relación con los suyos.

Ana Rosa Diego y su equipo firman una bonita historia pero con resultado insulso donde se percibe que lo secundario posee más valor que lo principal y donde todos los elementos técnicos y artísticos sobreviven chapoteando en un aprobado superficial.

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